Cocina y negocios

Un blog de Mónica Albirzú

03 de abril de 2012

Malvinas: una dieta poblada de ausencias

A raíz de la propuesta de participar en el Especial sobre Malvinas, en Vuelo de Regreso, el programa radial que conduce Román Lejtman, con una columna sobre la alimentación de los soldados durante el combate, surgió este artículo. Román me contó que de una dieta estimada en 5000 calorías apropiada para un soldado en combate, nuestros soldados recibían apenas 1500. A partir de ahí consulté a un grupo de especialistas, algunos de ellos en directa participación en la guerra.

Destinado en Puerto Argentino en el Comando de la 3ª Brigada de Infantería, el Coronel (R) Marcelo Neumann recuerda que “fue muy difícil alimentarse y se pagó con hambre”. Nuestras fuerzas contaban con cocinas de guerra de 1914, una maquinaria sumamente grande y pesada, difícil de movilizar, que funcionaba a leña. En semejante estepa una cocina echando humo, se ve a kilómetros de distancia. Esto sumaba una restricción más, a la ya compleja dinámica nutricional.

El Coronel Neumann busca en sus recuerdos toda esa operatoria y la describe “cargaban la comida en cilindros metálicos y ahí nos la hacían llegar. Pero a veces estábamos demasiado lejos de la comida y si llegaba, llegaba fría. Los soldados debían bajar a buscar los cilindros así que de esas 1500 calorías una 600 las perdían en el camino.”  Se trataba de comida de campaña, comida de olla, guisos muy calóricos pero de difícil distribución. En este contexto, quienes estaban más cerca comían mejor y quienes no, apenas si recibían algo.

Por otro lado estaban las Raciones de Combate, unos envases de cartón del tamaño de media caja de zapatos que “cubría las necesidades de confort de un día para un soldado”. Estas raciones consistían en dos comidas enlatadas, pastillas de alcohol para calentarla, dos hojitas de afeitar, un chocolate, un sachet de dulce de leche, una ración alcohólica pequeña (whisky), un sobre de café y un sobre de leche en polvo. Pero las raciones eran muy pocas y estaban destinadas a las patrullas y los grupos comando.

El tema de la alimentación en combate es un asunto muy estudiado, especialmente por el Departamento de Defensa de los Estados Unidos. En una investigación realizada por  Miguel Krebs, un estudioso del tema que trabaja sobre la Historia de la Cocina, hace un pormenorizado relato sobre la transformación de la Ración desde la Segunda Guerra Mundial a la fecha.  Estas raciones utilizadas en el campo de batalla de las Islas Malvinas, resultan similares a la Ración C, que describe Krebs, utilizada por el ejército norteamericano casi hasta la década del 80. El gran defecto de esta ración “era su peso ya que los alimentos estaban envasados en latas y su peso excesivo provocaba un descenso operacional en el soldado”, detalla Krebs en su informe.

Con todas su fallas, estas raciones eran muy pocas y los únicos que las recibieron durante la Guerra de Malvinas, fueron dos grupos de comandos más uno de infantes. “Pero, más importante que estas raciones, para estas compañías era trasladar baterías de comunicaciones de repuesto porque el frío hacía que se descargaran muy rápidamente y quedaran incomunicados”, explica Neumann. Las raciones, las baterías de repuesto, ropa de recambio, abrigo y municiones hacía que estos soldados cargaran con unos 30 kilos de peso sobre sus espaldas, en un terreno de difícil tránsito, con bajas temperaturas y lluvia constante.

El Coronel (R) Enrique Rabago, que fue a combate como Jefe de la Compañía de Comunicaciones 3, recuerda con respecto a la comida que “tuvimos tres etapas, una primera, al principio del conflicto donde recibíamos una comida caliente, que es lo que uno buscaba fervientemente, te, mate cocido, lo que fuere caliente… Luego recuerdo una segunda etapa de escasez notoria, donde realmente se pasaba hambre, que duró hasta el 14 de junio en que fuimos tomados prisioneros. Y ahí comenzó una tercera etapa”.

La gran diferencia que destaca el Coronel Rabago se da a partir del bloqueo de la flota inglesa. Se suspenden todos los envíos por agua y la única posibilidad de hacer llegar víveres y lo que fuera es utilizar el espacio aéreo, con menor capacidad de carga y con mucho mayor peligro. “La ración de combate se cortó después del 1 de mayo con el bombardeo,  y con esa enorme fuerza que se desplegó alrededor de las Islas. En la Isla Gran Malvina, en Puerto Howard, consumimos lo que había y cuando se acabó hacíamos lo que podíamos. Conseguíamos cordero que le comprábamos a los isleños y lo hacíamos hervido, sin nada, y era lo que había. Recuerdo que había un jarro, que era el jarro de todos, ninguno se abusaba y le daba cuatro sorbos en vez de uno.”

Tanto el Coronel Marcelo Neumann como el Coronel Enrique Rabago, fueron tomados prisioneros. Neumann llevaba días sin probar bocado cuando cayó en manos inglesas “después de tres días sin comer, mi primera comida luego de la rendición fue inglesa en un campo de prisioneros”. Fueron 30 días como prisioneros, primero en un frigorífico a orillas del Canal San Carlos y luego en un barco. Rabago, por su parte, recuerda “nos daban de comer muy bien, un plato sustancioso y un te con leche a media mañana y otro con una galleta que era como un cereal que se hinchaba y te dejaba saciado. Así y todo cuando volví a la Argentina continental pesaba 11 kilos menos”.

Desde el punto de vista nutricional, el Dr. César Casábola, Jefe del Departamento de Nutrición del Hospital Alemán explica que si bien es muy específico pensar en las necesidades de un soldado en situación de combate, se puede hacer un cálculo para tener una idea aproximada del gasto y de la ingesta calórica correctos: “En cuanto al gasto podría decir como referencia que un obrero de la construcción gasta 35 calorías por kilo por día y que un deportista de alto rendimiento consume entre 70 y 50 calorías por kilo por día.” Si tomamos como referencia un hombre de entre 70/80 kilos, nos daría una pérdida de entre 2800 y 4200. En cuanto a la ingesta habrá que tener en cuenta otras dos medidas de referencia “habría que hacer un promedio entre una comida tipo Fast food, con unas 2,6 calorías por gramo de alimento y una comida casera, con 1,6 calorías por gramo. Supongo que la ingesta de estos soldados estaría en las 2 calorías por gramo de comida recibida”.  Así, en una ingesta de 400 gramos de comida habría una incorporación de 800 calorías.

“El frío, el viento constante que te quita la temperatura corporal… todo hacía más notoria la falta de una comida caliente”, describe el Coronel Neumann y suena como si lo estuviese volviendo a vivir. Lluvia, frío, abrigo escaso, carpas ineficientes porque el viento las rompía y la ausencia de algo caliente para calmar el estómago… la receta perfecta para una ecuación de resultado negativo.

Fuente consultada: www.historiacocina.com

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